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Soriano y Briante según Jorge Lanata

 Si hay algo que Jorge Lanata trata de hacer poco, lo menos posible, es el "periodismo de periodistas"; cree que,  por un lado, responde más a las "internas" entre colegas que al  interés informativo y, por el otro lado, la mayoría del público puede no entender de qué se trata. Pero en el caso de la inclusión de dos textos que hablan sobre sus colegas Osvaldo Soriano y Miguel Briante, la presencia de esos párrafos en Hora 25 se debe. más bien, al sentido de homenajearlos. Se ve que en su vida fueron importantes y, además, hacían Periodismo de una manera distinta a la actual... en serio... y eso, debe dar cierta nostalgia...

 

Una estupenda caricatura... solo le faltan los tiradores...

Notas Relacionadas: Lanata y su (casi) autobiografía

 

Por Jorge Lanata (extraídos de su libro Hora 25)

Soriano

Solamente alguien que respete la individualidad de un ser vivo -como son los gatos- puede contemplar extasiado como uno ejercita sus músculos con los lomos de sus libros más preciados...

¿Ya pasaron diez años? Creo que sí, pasaron diez años. Podría llamar a distintas personas para preguntarles, pero algunos de ellos me traicionaron, otros nunca recuerdan las fechas y, por otro lado, escribo estas líneas a la una y veinticinco de la mañana y a esta hora no suenan los teléfonos de los hogares respetables. De modo que de mí depende, y sinceramente no recuerdo cuándo conocí a Osvaldo Soriano.

Que no fueron diez sino doce, y conocí a Soriano en una de las peores tardes de mi vida. En diciembre del 1984, cuando Julio Cortázar hizo su último viaje a Buenos Aires. El entonces presidente Alfonsín armaba su gabinete en el Hotel Panamericano y yo era –a mi pesar– un demasiado esporádico colaborador del suplemento de Cultura de Clarín. Pero aquella tarde el azar jugó a mi favor: era una de las dos o tres personas en toda la ciudad que sabían sobre su presencia en Buenos Aires y, como si fuera poco, tenía un as bajo la manga: la dirección de su madre en Villa Urquiza. Me armé del valor que requería la escena y por primera vez, como colaborador más que ignoto, llamé al diario para pedir un auto. Antes de que pasara media hora aterrizó un Renault 12 con Motorola, chofer y fotógrafo. Cuando llegamos al lugar, un portero barría con dedicación las mismas baldosas por cuarta o quinta vez.

—Sí, Cortázar está parando acá, pero salió –dijo.
Esperamos más de una hora hasta que el tipo más alto del mundo, el de los ojos separados como los de un novillo, dio un pequeño salto de la calle a la vereda y se topó con nuestra guardia en la puerta. Cortázar ya había aceptado la entrevista cuando comenzó a vibrar, latosa, la radio del auto. El chofer me miró como un condenado a muerte:
—Che, nos dicen que nos volvamos...
Cortázar cruzó la puerta y le pedí cinco minutos para alcanzarlo arriba. Había un error, eso era todo.
—¿Quién dice que nos volvamos?
—No sé, del diario.
Tomé el micrófono del equipo y empecé a pulsar el botón de llamada:
—Eh, viejo, ¿qué pasa?
Expliqué que esa nota era exclusiva, y que Cortázar nos esperaba arriba, pero la radio no se conmovió. Intenté, por último, un patético argumento de autoridad:
—Tengo orden de Fernando Alonso, jefe del suplemento de Cultura, de hacer la nota.
—Y yo tengo orden del secretario general del diario para que se vuelvan –dijo la lata.
El chofer cerró la puerta mientras el fotógrafo acomodaba sus equipos en el asiento de atrás.
—¿Volvés? –me preguntó.
—Ni en pedo. Hago la nota.

Arriba Julio Cortázar, de setenta años, guayabera, mate y Gitanes, preguntó dulcemente hacia la puerta de la cocina:
—Mamita, el señor viene a hacerme una nota, ¿puedo hacerlo pasar?
—Sí, Julio, cómo no –respondió su madre, de noventa y tantos.

Aquella nota fue emitida por Radio Nacional y publicada por América en Letras, una ignota revista literaria en la que conocí y leí por primera vez a Fernando Noy. En la misma semana, Clarín publicó su reportaje en una doble página central.

—Vos no la hiciste porque el Gordo Soriano ya había arreglado la nota más arriba.
—¿Soriano? ¿Y quién es ese hijo de mil putas de Soriano?
Yo sabía de memoria quién era Soriano: era el tipo que me había contado, en Artistas, locos y criminales, la historia del diario La Opinión; el autor de un par de grandes novelas para mí desconocidas en aquel entonces, y el cronista que mejor había narrado la carrera con la muerte del enrulado Robledo Puch. Ese era Soriano.

Trabajamos, cenamos, fumamos y tomamos cincuenta o sesenta veces hasta que me animé a contarle esta historia. Yo seguía siendo su lector, pero, puesto a crear cargos idiotas, el destino me había convertido en su “jefe”, como director de Página/12, y a él, en nuestro asesor editorial.

—Con Cortázar, ¿te das cuenta? Yo me moría por hacer esa nota.
El Gordo sonrió algo avergonzado, masticó su cigarro apagado y dijo alguna trivialidad como:
—Ah, sí... mirá, vos.
No se acordaba.

En aquel entonces, yo era un chico de veintiséis años que despertó en un sueño; rodeado de casi todos los autores que leí con pasión en mi adolescencia: Juan Gelman, Eduardo Galeano, Miguel Bonasso, Osvaldo Bayer, Osvaldo Soriano. Muchas veces temí despertarme de aquel sueño en medio de una pila de gacetillas por terminar. Pero no sucedió.

—Nos va a ir bien. Nos va a ir muy bien, mirá... michi, michu... Mirá, mirá...
Un gato blanco y gris bajó de golpe una persiana para remolonear en los tobillos de Soriano.
—¿Ves? Los gatos están con nosotros... Es buena suerte.

Era una medianoche de mediados de mayo de 1987, y caminábamos solos, por Sarmiento, hacia Claudio, un restaurante vecino al Teatro San Martín. Estábamos cansados y ansiosos. Cada uno de nosotros tenía un par de números cero de Página/12.

—Son una mierda, nunca vamos a hacer un diario.
—Vamos a comer, y paremos un poco.
—Están los carteles en la calle.

El número uno fue un poco menos espantoso, y el cincuenta algo correcto; y quizá pudimos, en aquellos ocho años que lo dirigí, hacer cinco o seis ediciones realmente buenas. El Gordo tenía razón: los gatos iban a darnos suerte.

Soriano vivía de noche, en su casa de La Boca, y en aquellos primeros años de Página/12 tuve la suerte de pasarle algunos borradores y de escuchar los mejores consejos para cualquiera, escriba relatos o la lista de almacén:
—Conviene usar los verbos en pasado. Hace que la acción sea más cierta, más contundente.
—No uses gerundios.
—Guarda con las metáforas. ¿Cuántas veces escribe Chandler “tal cosa es como... tal otra”? (Lo busqué: una o dos veces en cada novela, por eso sus metáforas son tan efectivas.)

También me contagió su amor por Scott Fitzgerald, su interés por las figuras de Moreno y Belgrano, sus historias de Timerman (Jacobo sólo saludaba a los de determinado sueldo para arriba, contaba Osvaldo, que sufrió en La Opinión la marca hombre a hombre de un escribano puesto allí por Timerman para “vigilar” su trabajo y poder despedirlo con causa. Soriano miraba la Olivetti y el escribano le preguntaba:
—¿Qué está haciendo?
—Estoy pensando una nota.

También gracias a Soriano conocí la historia de Le Canard Enchainé, el semanario anarquista francés en el que los redactores que reciben un premio –voluntaria o involuntariamente– son despedidos de inmediato.

Soriano fue “popular”, lo que le valió el desprecio de mínimos y masturbatorios círculos académicos, y una constante pelea contra la pequeñez. Uno de los cinco autores de ficción más vendidos en Italia era puesto una y otra vez a prueba en los miserables círculos de la crítica argentina, incapaces de reconocer a un escritor aunque les respire en la cara. Ganó demasiado tarde, y por puntos, contra el cigarrillo y no dejó nunca de mascar unos cigarros gruesos y espantosos, que terminaban deshilachados en el cenicero.

—Volví a fumar.
—¿Por?
—Anteayer casi le doy una piña al dentista. Y hoy, cuando salía, le pegué una patada a un chico por la calle.

La última vez que nos encontramos, otro gato metió la cola. Fue en el bar de un hotel en Rosario, cuando cubrimos para la televisión aquella historia del gato almorzado en medio del rumor creciente de los saqueos. Teníamos mucha gente alrededor, y eran las cuatro de la tarde, y el Gordo acababa de despertarse, y hablamos ambos a la vez, alegres del encuentro, dándonos abrazos.

Ya pasó un año de aquella vez. Casi un año.


¿No se habrá ido a Tandil, el gordo, a ver a la vieja?
¿No estará en Mar del Plata? Debe estar harto de todo y quiere escribir tranquilo.
¿Cómo está Manuel? Qué tiene... cinco, seis años? Es un poco menor que Barbarita y cuando bebé tenía esos ojos tranquilos, de Lama, que penetran todo.
¿Cómo está Catherine?

Era un joda que se murió el Gordo, ¿no?

Briante
 

Esta foto es una muestra clara del estilo de periodista al que pertenecía Briante...

Miguel Briante tenía sed. Tenía sed, y nariz de boxeador amateur, y un aire lejanamente sobrador de porteño de cine argentino de los cuarenta, y vivaces ojos de chico que acaba de romper una vidriera.

Pero más que nada, sed. Sed de vivir de un sorbo, de escribir, de observar, de dormir, de dejarse llevar, de volver, de estar del todo.

En 1987 yo era un chico de veintiséis años que acababa de fundar un diario. Pero lo pero no era eso: lo peor era que yo no lo sabía. Había conocido a Briante algunos años atrás, en El Porteño, y había escuchado su anécdota de Tiempo Argentino aquel día que, después de saciar su sed, cayó rodando por la escalera de la redacción. Pero todo aquello era lo menos: yo, para ese entonces, ya había leído a Briante, y aquél tipo con sed y sonrisa socarrona, que quería ser Borges, escribía muy bien.

Decidí contratarlo en Página porque eso era justamente lo que más necesitábamos: notas con valor agregado, frutillas sobre el helado, historias, contar lo que pasaba sin caer en el lenguaje burocrático de los cronistas. En los primeros tiempos del diario, Briante no estuvo en una sección determinada: estuvo en todas; así como una nota de actualidad política se cubría con un redactor y un fotógrafo, a otra podían ir un redactor, un fotógrafo y Briante, que iba a “fotografiar” su propia versión de la misma historia. Más adelante se hizo cargo del suplemento de Cultura y fracasó, como todos los que intentaron manejarlo: aquel fue el suplemento que cambió mayor cantidad de jefes en toda la existencia de Página/12. Después escribió columnas y contratapas.

Como todos nosotros, Briante escribió grandes notas y notas olvidable, aunque debería decir que sus grandes notas fueron muchas. A veces venía a la redacción, y otras –las más- uno se la pasaba buscándolo a Briante. Hubo una época en que debí buscarlo tantas veces que él mismo se convenció de que íbamos a echarlo. Entonces, durante un par de meses, se la pasó llamándome por teléfono, completamente borracho, diciendo, como un chico:

- Vos me vas a echar.

 Ninguna respuesta lo convencía de lo contrario.

 Al otro día aparecía como si nada hubiera pasado, y así hasta la próxima llamada.

-         Me vas a echar.

-         No, Miguel. No me jodas. No te voy a echar.

Lo de las llamadas llegó a convertirse en una especie de chiste interno. Toda la redacción sabía que nunca íbamos a echar a Briante, pero Briante se negaba a darse por enterado. Decían en el diario que Briante tenía la “beca Lanata”. Y nadie con la “beca Lanata” había sido echado jamás.

Otra vez el teléfono volvió a sonar. Yo estaba en medio de una insoportablemente aburrida reunión con el embajador de no sé dónde.

-         Bueno, pasalo –le dije a Adriana.

 Era Briante con su eterno discurso.

     -         Estoy en una reunión, Miguel –le avisé-. Te escucho, decime…

Insistía con aquello de que lo íbamos a echar…

-         Mirá, Miguel –se me ocurrido decirle-. ¿Sabés cuando yo te voy a echar?

El embajador, que hasta ese momento disimulaba, miró con interés.

-         Yo te voy a echar si vos entrás a esta oficina y me meás y me cagás el escritorio. Si hacés eso, yo te voy a echar.

-         Sssí –dijo Miguel, sorprendido.

-         Si me lo meás y me lo cagás, ¿okey?. Sí, por ejemplo, sólo me lo meás, no. ¿Vos vas a entrar acá a mearme y cagarme el escritorio?

-         No -dijo Miguel, riendo.

Y nunca más volvió a llamar para hablarme sobre aquel asunto. Ocho años más tarde renuncié a mi cargo como director de Página/12, y Miguel todavía estaba ahí.

Al tiempo, una tarde, alguien me llamó para decirme que Briante había muerto de una muerte idiota. Pero qué muerte no lo es.

 

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