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Por Enrique Martínez*,
ESPECIAL para Cat-ÑUS
Nicholas Negroponte, director del
Laboratorio de Informática del Instituto Tecnológico de Massachussets
(MIT), junto con un grupo de colegas, ha tomado una iniciativa muy
provocativa en términos intelectuales: producir computadoras portátiles a
menos de 100 dólares de costo, para mejorar sustancialmente el acceso a la
educación de los chicos y jóvenes del mundo periférico.
Son pocos los que hasta ahora le creen. Sin embargo, Negroponte anunció su
iniciativa en febrero pasado y acaba de presentar algunos componentes de
la máquina, anunciando que podrán empezar a producir a fines de 2006, con
un horizonte de más de 100 millones de unidades en 2007. También ha
informado que hay cinco grandes empresas con compromisos preliminares para
la producción y que han concretado por lo menos dos fuertes innovaciones
técnicas que van en el camino de asegurar que el producto se logrará.
Su fórmula tiene dos grandes componentes conceptuales:
Primero, la innovación tecnológica en el diseño de la pantalla; en la
simplificación del sistema operativo; en el uso de lenguaje Linux, que
evita pagar regalías a Microsoft; en la eliminación del disco duro. El
resultado esperado – fuertemente deseado e imaginado – es un equipo que
cueste 90 dólares y que reserve 10 dólares para una pequeña ganancia,
ofreciendo todas las prestaciones normales, incluyendo conexión a Internet
y posibilidad de acceso telefónico desde la unidad.
Segundo, una venta por millones – centenares de millones – por fuera del
mercado, directamente a gobiernos, para que éstos las distribuyan en los
colegios. Cada niño llevará el equipo a su casa y – según la visión –
cambiará la forma de relacionarse con el mundo de toda la familia.
El fundamento conceptual, por lo tanto, se expresa de la siguiente manera:
La educación es la base de todo. Se debe poner la innovación, con enorme
esfuerzo creativo, al servicio de la educación, y para ello se distribuye
un elemento esencial – una computadora moderna, con acceso a la
información global – por fuera del mercado. El instrumento a distribuir
forma parte de la prestación pública obligatoria del Estado, dice
Negroponte.
El planteo es absolutamente compartible y podría ser
perfecto, salvo por una duda: ¿es la educación la base de todo?
Antes que eso, ¿no están la seguridad alimentaria, la vestimenta y la
vivienda?
Suponer que la educación es la primera condición necesaria implica
postular que habilita para conseguir todas las demás necesidades en el
mercado. ¿Es así? ¿Podrán los niños pobres utilizar adecuadamente la
computadora de 100 dólares suministrada por sus gobiernos, en caso de no
tener comida ni techo? Nuestra realidad cotidiana no sólo sugiere sino que
afirma otra cosa.
Creo, sin embargo, que la iniciativa de Negroponte es fabulosa. Vincula el
mundo del conocimiento más destacado, más sofisticado, con las necesidades
de la base social y además muestra que se puede establecer un círculo
virtuoso si se asigna al mercado un papel marginal o nulo, en lugar del
papel central.
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Keith
Haring. Sin título, 1984. Galería Kaess-Weiss, Stuttgart
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Desde estas playas periféricas, creo que nuestros
gobiernos debieran aplaudir esta iniciativa. Incluso creo conveniente que
Argentina acompañe a Brasil, que ya tomó la iniciativa de apuntarse con un
1 millón de máquinas para empezar.
Pero además, creo que esta lógica debe ser extendida con urgencia – ya – a
los bienes esenciales para la subsistencia. El programa de abastecimiento
básico comunitario (ABC) que el INTI intenta llevar adelante – con muchas
dificultades – parte exactamente del mismo principio que lo ha hecho el
MIT: combinar tecnología con una subordinación del papel del mercado. En
nuestro caso, seguramente podríamos ser en el futuro mucho más
imaginativos, si nos liberáramos de nuestros propios temores y prejuicios,
y si contáramos con el adecuado aval cultural y político de la comunidad.
Podríamos explorar a fondo cada tecnología, para hacer la producción
eficiente de alimentos, vestimenta y vivienda accesible a grupos
comunitarios de casi cualquier dimensión, por pequeña que sea. Superando
las limitaciones en que hoy se desarrollan los módulos experimentales en
marcha, podríamos llegar a darle a esta iniciativa forma de política
pública generalizada, con el mismo lugar que ocupan la escuela o el
hospital en el imaginario colectivo. En ese marco, sería factible
organizar la provisión y distribución masiva de los bienes de capital
necesarios y generalizar la capacitación con que deben contar todos los
que participen en los procesos productivos.
Imaginemos un mundo en que el ABC criollo y el proyecto
Negroponte se instalaran con toda fuerza. Que comer, vestirse, alojarse y
educarse fueran derechos casi enteramente asegurados, con un rol sólo
marginal para el mercado. Si se quiere, en un exceso de entusiasmo,
agreguemos una atención de la salud al alcance de cada compatriota.
En ese mundo me gustaría vivir.
* Presidente del INTI
(Instituto Nacional de Tecnología Industrial)
Contacto: Enrique Martínez,
consultas@inti.gov.ar |